PELIGROSAS CORDERITAS

Por Luis Buero

Es como una ley de Murphy: “Hombre divorciado, si tienes entre 38 y 65 años y eres un cazador inexperto, tarde o temprano serás desaforadamente atraído por la carne de cachorra”.

Las maduritas y veteranas, que están solas y disponibles, sienten un duro golpe en el bajo vientre de su narcisismo y exclaman: “¿por qué siempre se fijan en las jovencitas?”. Es entonces cuando en charlas de peluquería o durante un té con tortas, despellejan al Adán, que lejos de asumir su andropausia anda pastoreando en tiernos campos como un adolescente.

Lo bautizan viejo verde, o “acné” porque ataca a las adolescentes, o “Cris Morena” porque hace bailar a las chiquititas.

Lo que esas mujeres que Arjona tanto venera (y que no pensamos disputarle) no se peguntan es algo muy obvio desde la perspectiva masculina. ¿Cómo no sentirse atraídos por una “veinte añera” si la arteriosclerosis no hizo que ese varón que peina canas deje de recordar su piel tersa y perfecta, su humor de intacto cascabel, su risa a borbotones, su ingenio brillando, su mirada pícara con relámpagos de inocencia, y su loca carrera por vivir?

Mientras la señora condena, la chiquilina pregunta, donde la “mayorcita” es escéptica, la joven es esperanzada. Con eso le basta a él para poder soportar a esos nuevos suegros que lo odiarán prolijamente.

Ahora viene la otra pregunta: ¿por qué algunas cenicientas prefieren al viejo lobo antes que al querubín Pinocho?

Más allá de que las minas a toda edad son, como diría Unamuno, “más listas que el hambre”, o sea, mucho más piolas de lo que nadie se anima a declarar, a las chicas les gusta a veces dejar de hacer el papel de madre de los de su edad y sentirse un poquito hijas de los “muchachos grandes”.

Les encanta por un rato tener al lado a alguien que la tenga clara, que haya vivido, que les enseñe algo.

Las mujeres saben lo que quieren y van camino a su meta, y muchas veces no tienen ganas de bancarse todas las pende-actitudes que hacen los tipos hasta los 30 para llegar a su cometido. Por eso para ellas un viejo es más práctico, tiene la vida armada. Además los jovatos no les dan tanta bola a los amigos , no les interesa demasiado el fútbol, y a ellas les divierte tener delante un tipo que, cuando ella se saca el soutien, pone cara de estar mirando el derrumbe del Perito Moreno en su conjunto.

Pero esa expresión de niño con chiche nuevo es el principio del fin de todo ladrón de cunas. Porque a medida que pasa el tiempo, este encuentro se convierte en una aventura exótica para esa inconsciente cachorra y una segunda oportunidad casi ontológica añorada dramáticamente por él.

Y tarde o temprano llega el día en el que Lolita se despierta y se pregunta, ¿qué hago yo al lado de este jovato?, y en menos tiempo en el que suena un disparo, se fuga a un “after office” con los de su edad, se olvida hasta del nombre de su hasta entonces, amor atemporal, y no vuelve nunca más.


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