El
dilema del alumno-cliente
Por Luis Buero
Les propuse a unos alumnos que cursan cuarto año
en una carrera de Comunicación Social de una universidad
privada que escribieran un diálogo imaginario entre
cada uno de ellos y el Dalai Lama, y me contestaron que
no sabían quién era esa persona.
Más
allá de este hecho, mi reflexión es que muchas
veces las autoridades se preocupan por ver cuál es
la capacidad intelectual de los profesores que ponen delante
de los alumnos, pero no viceversa.
Hablemos
claro, este es un tema común para todos los docentes
de nivel terciario o universitario que transitan aulas de
instituciones privadas : la cuota de un solo alumno equivale
al sueldo de un profesor, por lo que económicamente,
un alumno-cliente " vale más " que un docente
empleado o proveedor autónomo de contenidos. Aunque
esto me lo discutan con vehemencia, en las pequeñas
escuelas terciarias, esto es absolutamente así.
Metafóricamente
hablando, hoy un chico mudo podría ingresar en una
escuela de locución privada, si paga la cuota.
Del
mismo modo a veces muchos docentes a los que nos toca tener
delante alumnos de tercer y cuarto año en adelante
nos preguntamos: ¿cómo llegaron hasta aquí?!
Y
en cada nuevo ciclo lectivo aplicar los contenidos se hace
más difícil, comienzan a reducirse las exigencias;
si en 1997 los chicos y chicas hacían cuatro proyectos,
(y uno terminaba en un verdadero idilio con los alumnos
porque eran conscientes de que se llevaban una excelente
experiencia) , hoy hacen un solo proyecto y ese uno cuesta
sangre, sudor y lágrimas conseguirlo. Se nota una
depresión generalizada en sus rostros (no manifiesta
expresamente), un desgano y cierto escepticismo que es como
esa música de fondo en tercer plano que tienen algunas
películas, que uno descubre cuando las ve por segunda
o tercera vez, porque antes se había quedado atendiendo
las imagenes.
No
se halla pasión, interés, brillo en sus miradas.
Todo es en general, apatía, resistencia a nuevos
conocimientos, ansiedad confusional, ganas de que todo sea
lo más "light" posible, pasar rápido
y obtener el ansiado diploma sin preocuparse si pueden o
no hacer una apropiación instrumental de lo que estudian.
Pero
además no hay un verdadero filtro de vocaciones y
capacidades en los primeros años de cursada, y como
en materias de ciencias de la comunicación no se
tienen que topar con una autopsia o con una transfusión
de sangre, aparentemente se ve que pueden llegar hasta casi
el final más allá de sus aptitudes y actitudes,
sin probarse demasiado a si mismo, ni ser debidamente evaluados
para que aprendan a conocerse y saber si el camino elegido
es el mejor para ellos.
Desde
1989 han pasado delante de mi miles (y no exagero porque
no me refiero a una institución solamente) de jovenes
y viendo caer el nivel académico y la exigencia propia
hacia nosotros de ellos mismos, me pregunto qué podemos
ofrecer en el futuro los docentes si cada año vamos
a tener que reducir la cantidad y complejidad de los temas
porque los grupos no dan para más, “adaptándonos
activamente a la realidad”, porque si no los alumnos
entran en conflicto con los docentes, o con las instituciones,
alguna de las cuales (no todas por suerte) terminan respondiendo
al lema "el cliente siempre tiene la razón".
Y no, como debería ser, ya que no hicieron una selección
entre los aspirantes en el momento de anotarlos, al menos
durante la carrera, intentar que sólo egresen los
mejores.
Abundan
teorías sobre déficil atencional, o estrategias
como el concepto de resiliencia, como si estuviéramos
ante evadidos de un campo de concentración, cuando
en realidad estamos ante los resultados de crianza de una
generación al estilo "the majesty the baby"
desarrollada por nosotros, los sobrevivientes del cachetazo
y el cinturonazo como rectores de la conducta. Y de lo que
la televisión y la era tecnotrónica ha hecho
con nuestros "video-niños", al decir de
Sartori, quienes al ver un libro tienen miedo de que los
muerda.
Para
peor, en algunas escuelas terciarias, además, los
docentes de primer año son evaluados por los alumnos
a través de una encuesta anónima. Esos mismos
alumnos que de haber habido un exámen de ingreso
podrían haber afirmado (como ya ocurrió) que
la Logia Lautaro era una amante oculta de San Martín,
son los que luego como verdaderos clientes consumidores
que pagan por un producto comercial, comentan qué
profesor es "más copado" que otro, para
ellos, y en algunas organizaciones ese veredicto puede ser
motivo para que separen a un docente del aula (si sigue
en la tesitura de no volverse un "re-zarpado pancho"
para los alumnos-clientes que no le están dando rating
por ahora).
Esta
es la Argentina de hoy, queridos amigos, así como
Al Pacino (o su personaje Victor Taransky) inventa una actriz
de computadora para salvar su carrera de director, corremos
el riesgo en la educación privada, especialmente
a nivel terciario, y en el ámbito de la comunicación
social, de estar creando egresados virtuales, porque al
igual que un holograma, se presentan con el pergamino y
la apariencia de ser y de estar, pero no tienen consistencia
real.
Es
cierto, en los últimos treinta años murieron
muchos compatriotas, nos destruyeron la economía,
nos quitaron los ahorros y nos endeudaron hasta el canario.
El futuro se presenta incierto, pero, ¿hasta cuándo
vamos a seguir con el tango del lamento, el sálvese
quien pueda o enseñando sólo hasta el número
nueve porque el diez es muy difícil de entender?
Nadie
nos prohibe tener el corazón roto, pero el mundo
no nos esperará a que lo compongamos para empezar
a funcionar. Mucho antes que convirtiéramos a Buenos
Aires, que era la Atenas de Latinoamérica, en una
República Ciruja, Machado escribió lo de "caminante
no hay camino"...
Los
alumnos tienen que saber que un estudio terciario o universitario
es una decisión personal, de vida, y que no se trata
de una aventura más, en este caso costosa, pues el
gran desafío no es pasar por una escuela sino que
lla pase por nosotros, dentro nuestro, y nos deje algo.
Al menos, una puerta para seguir buscando y creciendo.
Docentes
y alumnos deben salir esta estereotipia de la resignación,
e incluso aprender a vivir con todas las ansiedades y dificultades
que presenta el aprender lo nuevo, desestructurarse y aceptar
que lo único permanente es el cambio. Y las instituciones
dejar de colaborar para que una nación de chantas
se siga reproduciendo, actuando seriamente, como verdaderos
selectores de profesionales y no simples negociantes de
ilusiones y fantasías de fama.
Siendo
yo alumno, un profesor me dijo una vez, haciendo uso de
su habitual sencillez y su sonrisa cálida:
"en
este país falta laburo.....pero sobra trabajo".
Hagámos
el trabajo de una buena vez.
 |
Volver |