HOMBRES
CON "MUJERFOBIA"
Por Luis Buero
Ellas
no entienden lo que pasa. Salen una, dos o tres veces con
un tipo, todo parece perfecto, abundan expresiones de afecto
y elogio, y de golpe Romeo promete: “ te llamo”,....
y se aleja para siempre.
Inútilmente
Julieta se pregunta: ¿qué hice mal?, ¿me
equivoqué al no aceptar que fuéramos a la
cama tan rápido?, o al revés, ¿me apresuré
a tener sexo? ¿no debí contarle con detalle
mi pasado? ¿ habré parecido autoritaria, invasora?
¿ el problema será mi edad, mi pelo, este
grano, o que tengo gatos?
No
os gasteis niñas inocentes. La fobia tiene nombre
y apellido, pero no es el tuyo.
Hasta
hace unos años había sólo dos clases
de varones: los que vivían en la eterna adolescencia
y no se comprometían ni con una marca de desodorante,
y los que se tomaban el amor en serio y buscaban una pareja
estable, y por ende, formar una familia.
Pero
desde que algunas mujeres imitan a las chicas de la serie
televisiva Sex And The City, hay una nueva clase de señores:
los “mujerfóbicos”.
Así
como el hidrofóbico (aquel que fue mordido por un
perro rabioso) tiene una sed superlativa pero cuando le
acercan el agua se le cierra la garganta y no la puede beber,
el “mujerfóbico” busca desesperadamente
un amor, pero cuando la dama se presenta, huye espantado
y ni él mismo sabe a veces del todo porqué.
El
“mujerfóbico” de hoy es la versión
del antiguo “comprometido” después que
es golpeado duramente por el abandono y la desilusión.
Hoy
Adán conoce una chica y ella le informa que no quiere
tener novio, pero luego se engancha con él y lo pone
al tanto de las cosas que tuvo que dejar por conservar esta
relación, por ejemplo, invitaciones de otros hombres,
un viaje a Marte con un amigo íntimo, las vacaciones
en Plutón con una prima, las dos solas, y las posibilidades
de irse a vivir a Saturno dos años. Adán lee
en un libro que para conservarla no debe olvidar el romanticismo,
las flores, la sexualidad continua, la seducción
de la suegra, la aceptación de la cuñada,
y soportar las criticas de los amigos de ella que “se
quedaron con las ganas”. E inicia así la ardua
travesía para conservar a la resbalosa Eva, tratando
todas las noches de colocarle sus zapatitos hacia adentro,
como superstición, para que no se vaya. Si ella necesita
un riñón se lo donará y si la joven
le pide que la acompañe a pie hasta Luján,
él se olvidará de sus juanetes y el espolón
que lo atormenta, y caminará a su lado.
Pero
todo es inútil.
La
nueva mina estilo “mi ombligo y yo” tarde o
temprano se cansará de este envase y saldrá
en la búsqueda de otro (búsqueda que tal vez
nunca canceló, ni siquiera estando con él)
y de la noche a la mañana no querrá verlo
nunca más.
De
allí la fobia, el recuerdo doloroso que no cesa,
y el pánico a volver a invertir afecto, ilusiones,
energía sexual y dinero, para conservar algo tan
efímero, furtivo, inseguro y provisional hoy, como
es el afecto de esa mujer.
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