CÓMO IDENTIFICAR UNA MADRE

Por Luis Buero


Nada más difícil que ser Romeo en estos días, especialmente si el galancete quiere conquistar una Julieta soltera y sin hijos.

Antes de que se popularizaran las cirugías estéticas, las miradas maliciosas detectaban que una mujer joven acababa de parir si se aparecía en la playa o en el gimnasio con la barriguita más arrugada que el bandoneón de Troilo, o una cicatriz de cesárea parecida al tajo facial del guapo Pardales. Ahora que gracias al bisturí y la moda atemporal las madres están más apetecibles que las hijas, la única manera de reconocerlas es utilizando el oído, no la vista.
¿Quién es capaz de darle a un crío mensaje más contradictorio que “¡ cerrá el pico y comé”!? ¿Quién puede expresarse con tanto tacto y sutileza para describir a la futura nuera?: “¿con esa chiruza tan elemental te pensás casar?”.
Identificar una madre es fácil porque:
1) Su mirada atrasa: su hijo de 49 años, líder de la industria armamentista, se va de gira por Medio Oriente y ella le pregunta: “¿Vas a salir así, con la cabeza mojada, no ves que te podés resfriar?” Además su percepción del sujeto engendrado es la de un extraterrestre, siempre se refiere al primogénito llamándolo “criatura”, aunque el “bolu-niño” tenga la edad del Magiclick.
2) Desconoce sus poderes: está convencida de que “paliza de madre no duele”, y no puede entender que sus descendientes destinen tantas horas de terapia a hablar de ella; todo porque un griego trastornado hace dos mil quinientos años le dedicó una obra de teatro.
3) Su consulta no molesta: se convenció de que esta afirmación marketinera es real, por eso llama a su bebita de 25 pirulos por teléfono varias veces la noche de bodas para saber si el sátiro con el que contrajo enlace le hizo algo malo. Además contribuye a hacer creer a los novios y maridos de sus hijas que tienen clarividencia, porque durante el resto de sus vidas conyugales cada vez que suene el teléfono y ellos digan: “atendé que seguro que es tu vieja”, ¡ van a acertar!.
4) Con sus consejos prepara a sus pichones para triunfar en los reality-shows de emergencias médicas: a) “revisá siempre que tu ropa interior esté sana por si tenés un accidente”. b) “¿ cómo que no te gusta la sopa de calabaza, soja y sémola? La guardo en la heladera, ¡cuando tengas hambre las vas a comer!”.

Podría seguir, pero es inútil prevenirnos, aunque la chica que nos guste nunca haya quedado embarazada, si la elegimos como pareja es porque la muchacha sin quererlo es la pantalla donde transferimos el vínculo con nuestro primer “objeto de amor”: mami.
Hombres y mujeres buscamos lo femenino-materno en todo porque nos refleja chispazos de aquella seguridad ontológica que alguna vez sentimos gracias a ella, esa esperanza ilusoria en el futuro. Es la mujer que seguimos invocando en múltiples espejos humanos, como corazones cómplices de aquella frase que asegura que la mano que mece la cuna, mueve al mundo.


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