Cenicienta
ya no vive aquí
Por Luis Buero
Cenicienta iba a un taller de autoayuda para “ solos
y solas” de un hospital público. Ahí
la conocí, haciendo una nota para una revista con
testimonios de los integrantes del grupo y del coordinador.
Me llamó al atención su rostro serio, pálido
y desorientado, como de ministro al que se le perdió
la custodia. La invité a tomar un café con
la excusa de ampliar el reportaje.
Allí me confesó que no tenía novio
ni trabajo, y sentía pánico ante los hombres.
Le hice notar la confianza que había depositado en
mi, congeniamos, luego salimos a caminar. Yo le contaba
chistes viejos: “¿cómo se dice suegra
en chino? Línchenla, ¿y en ruso?.estorbo”......Y
por primera vez sonrió. Le sugerí que buscara
un estudio que la atrajera, y me dijo que le hubiera gustado
ser periodista. La animé a inscribirse en una escuela
terciaria. La ayudé a prepararse para dar el ingreso
y de a poco fuimos intimando. En unas pocas semanas ya éramos
una pareja.
Pero a Cenicienta también le daba miedo a salir a
la calle de noche, así que le recomendé hacer
terapia con mi psicóloga, y yo dejé mi tratamiento.
Una amiga mía que tenía una agencia de empleos
le buscó un trabajo de relacionista pública,
lo que obligó a Cenicienta a despertar sus instintos
de vida y en pocos meses ya era otra persona. Su vida se
había enriquecido, estaba llena de amigos, clientes,
compañeros de estudio, compromisos, exámenes,
afecto, terapia, y por supuesto yo, una vez a la semana.
Le propuse entonces que conviviéramos, así
se facilitarían nuestros encuentros.
Aceptó y nos mudamos a un departamento que con mi
garantía ella pudo alquilar con opción a compra.
Un sábado a la noche Cenicienta me sugirió
que la llevara a un lugar que ella no conociera....y la
llevé a la cocina. Si, porque jamás hervía
ni la leche, ni iba al supermercado, ni siquiera al laverrap.
Ella vivía afuera, de la mañana a la noche,
y yo que alguna vez había sido su príncipe,
su San Bernardo, su Papá Noel, su protector, su yo
auxiliar, ahora era un mucamo sin sueldo, un portero de
noche, un secretario de sus trámites, el que le compraba
la crema depilatoria, las pastillas anticonceptivas y las
toallitas íntimas, porque ella no tenía tiempo.
Finalmente y siempre para ayudarla, cuando se recibió
le mandé su curriculum por mail a un amigo que es
redactor en Telam. “Hay un puesto de cronista en Le
Mondé” me chateó el flaco. No había
terminado de pasarle el dato a Cenicienta que ya se estaba
poniendo la campera para ir a tramitar el pasaporte.
Desde hace tres años vive en Francia, país
donde murió el autor de la frase: "serás
lo que debas ser o sino serás nada..." Dicen
que amar a alguien es ayudarlo a ser lo que tiene que ser.
Lástima que cuando lo ayudamos a ser lo que debe
ser, los que pasamos a ser nada somos nosotros. Por eso,
a veces, los príncipes hacemos huelga.
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