¡SI
QUERÉS LLORAR, LLORÁ!
Por Luis Buero
El
“smog” de las grandes urbes no solo se llevó
insectos como “la gata peluda”, también
acabó con las viejas chismosas de barrio, que aún
siguen existiendo en algunos pueblos chicos en los que,
como en la canción Pueblo Blanco de Serrat, por no
pasar ni pasa la guerra.
Pero
aquellas infaltables limpiadoras de veredas representaban
el ojo de Dios que todo lo ve, eran la “007”
de la moralina pública, la “quinta columna”
donde se registraban vidas y milagros de todos los vecinos,
el jurado implacable de una supuesta conciencia social que
en su boca desacreditada disparaba sin embargo veredictos
absolutos. Ellas tomaban mate detrás de los postigones
fisgoneando a quienes salían de los locales bailables,
o se aparecían de golpe en los casamientos y velorios,
buscando las mejores ubicaciones, y no había mercado
callejero en el que no compraran algo, grabando todo en
sus pupilas, procesando información en su maquinaria
mental motorizada por prejuicios y frases hechas, con la
tarea del observador eterno que construye otra historia
universal, que redacta lo latente, que registra lo implícito,
que mira debajo de las alfombras y de las sábanas,
y que todo lo que no ve lo inventa. A ellas las barrió
el tiempo, pero su función no se extinguió.
Cuando las casas de tejas y zaguanes dejaron paso a los
edificios modernos, fueron suplantadas por los porteros,
que usando la manguera en lugar de la escoba, se apropiaban
de los secretos amorosos y familiares clasificándolos
por rubros, pisos y departamentos, violaban correspondencia
o escuchaban tras las paredes mientras pasaban lentamente
el lampazo en los pasillos.
Pero como el progreso nada cambia pero todo lo transforma,
un día la tecnología trajo los video-porteros
electrónicos, los guardias de seguridad y las empresas
privadas de limpieza. Los custodios además de ser
un filtro permanente contra la presencia de desconocidos,
el reparto de publicidad, la mendicidad o la venta puerta
a puerta, no duermen la siesta, no hay que rastrearlos como
a un fantasma por todos los rincones y no promueven aquel
aforismo que asegura que las mujeres deben cuidar su reputación
porque el amor es ciego pero los porteros no.
Finalmente llegaron los sistemas de circuito cerrado de
tv, las cámaras ocultas, el periodismo indiscreto
y los nuevos géneros televisivos, el talk show y
el reality fiction, que se convirtieron en la prueba indiscutible
de que esta es la era de la abolición de todos los
secretos. Hoy muchas personas se esfuerzan por salir en
la tele ventilando que engañaron a su pareja con
el suegro, que se enamoraron del enano del circo o que su
fiel perro Pololo se les escapó con su enamorada
la oveja Aurora dejándolos huérfanos de mascotas,
mientras la conductora incisiva les ruega u ordena: “¡si
querés llorar, llorá!.
Y nosotros, si nosotros, somos ahora la vieja que mira,
mientras los demás viven.
 |
Volver |