PASIÓN
DE MULTITUDES
Por Luis Buero
Se
dice que la mitad más uno del país es hincha
de Boca, y que el resto está en contra de la “oro
y azul”.
Entonces
si el equipo de Bianchi pierde su chance en el campeonato
llueven los chistes al estilo “a Boca le dicen bebé
hebreo, porque nace bien pero enseguida le cortan la punta”,
o “Luis Sandrini”, porque por momentos te hace
reír y en otros te hace llorar. Luego viene la revancha
cuando River es vencido por los “xeneizes” .
Alli los boquenses se desquitan bautizando a River “Bosque
de Arrayanes” porque tiene los troncos más
grandes del país, o “Papa Noel”, ya que
porta los colores rojo y blanco pero no existe”, o
“turista extranjero, porque siempre lo llevan a pasear
por la Boca”.
A
veces los enfrentamientos superan la cargada y derivan en
actos de violencia extrema, que todos conocemos. Los más
antiguos estudiosos de la Psicología de Masas aseguran
que el hombre, al moverse como parte de grandes muchedumbres
unidas por un color político o deportivo, tiende
a sufrir un reducción en su capacidad intelectual,
su conducta experimenta una regresión en la que lo
afectivo supera lo racional, disminuye el sentido de su
responsabilidad individual de las acciones que comete, y
se propaga a una velocidad inmensa una especie de contagio
afectivo, por el cual la masa se vuelve impredecible. Pero
también una multitud puede realizar actos de heroísmo,
de introspección religiosa o una solidaria marcha
del silencio para reclamar seguridad y justicia.
Lo
cierto es que el fútbol en nuestro país, como
pasión de masas, es un universo de sentimientos,
símbolos, lenguajes, fantasías, esperanzas
y frustraciones. Una ceremonia que tiene algo de magia y
de catarsis, un rito que a veces oculta un estado colectivo
de depresión o desaliento transformado en el grito
de “dame alegría, alegría, al menos
hoy” como reza el tema de Fito Páez, que algunos
presienten dedicado a Maradona.
El
fútbol además tiene su objeto deseado y buscado
por 22 gladiadores: la pelota, la esfera perfecta que genera
el movimiento, la conciencia del uno y del todo, la imagen
del infinito. Y en este mundo en el que según nos
aseguran, ya han muerto las ideologías, se invisten
con energía amorosa otras identificaciones, como
el club o la camiseta.
Boca
representa a los populares “bosteros”, y River
a los “millonarios”, aunque los seguidores provengan
de una variada mezcla de extractos sociales. Parecen dramatizar
así la oposición de clases con el incierto
enfrentamiento de un Caín y un Abel imaginarios y
cambiantes. Y la pelea del día siguiente en fábricas
y oficinas es como la resaca de una fiesta en la que apostamos
que unos héroes iban a hacernos olvidar de todas
nuestras dificultades. Demasiado nivel de aspiración
puesto en un grupo de muchachos con pantalones cortos, que
simplemente cobraron plata para entretenernos un rato, pero
no para quitarnos la obligación de cumplir nuestros
sueños.
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