¿QUÉ
TENDRÁ EL PAQUETE?
Luis Buero
Una de las imágenes más seductoras que nos
da la vida es la de un árbol de navidad lleno de
paquetes de colores con sus moños invitando a ser
abiertos.
El problema es que ciertas tradiciones indican que hay que
esperar hasta las doce de la noche para descubrir su contenido,
algo que puede resultar
tortuoso para chicos con sueño, adolescentes con
ganas de salir a bailar (ni ese día se quedan), vecinos
que se aparecen de golpe a buscar más “combustible”
después que se tomaron hasta el merthiolate, mujeres
curiosas, y maridos que están apurados por ver si
la Nochebuena les trae un premio extra en otra habitación,
salvo que otra vez a la tan amada le duela la cabeza, pero
esta vez por culpa del champagne.
Recuerdo que cuando yo era chico, para entretenernos un
rato y evitar que nos lancemos sobre los regalos antes de
tiempo, luego de la cena del 24 mis tíos y primos
comenzaban a contar chistes viejos para alargar el tiempo
y entretenernos un rato:
“¿en qué coche viene Santa Claus?...¡en
un Renol!”
“¿cómo les dicen a los habitantes de
Belén? ¿Belencianos?...no, ¡figuritas!”
0bviamente que se reían ellos solos, como cuando
en voz baja contaban los cuentos más verdes creyendo
que no los escuchábamos.
Pero lo mejor venía después, cuando ya cansados
de distraernos con cañitas voladoras y cohetes, nos
mandaban al lado de la abuela María para que ella
nos contara cuentos. María nos hacía sentar
a su alrededor y nos hablaba con una voz muy suave y llena
de interrogantes.
Una Navidad en la que había pocas cajitas en el árbol,
yo diría casi ninguna, su discurso sonó raro:
“cada vez son más las cosas que no necesito”,
empezó diciendo. Y nos dijo que nos iba a contar
un cuento sobre la importancia de no esperar grandes regalos,
sino por el contrario, disfrutar solo el afecto de pequeños
presentes hechos con amor. Esa noche a las 12 fuimos al
árbol y descubrimos que los juguetes deseados no
estaban, y habían sido reemplazados por paquetitos
de caramelos con cartitas manuscritas por mi padre. Nos
fuimos a dormir muy tristes; mi hermano menor lloraba en
silencio. Pensamos: “ Santa Claus se olvidó
de pasar por nuestra casa”. Nadie había sabido
cómo explicarles a dos niños que su padre
necesitaba todo el dinero disponible para una operación
que tenía que hacerse de un tumor en el cuello.
El tiempo pasó, mi padre sobrevivió y falleció
treinta años después de ese hecho. Pero algo
cambió en mi para siempre.
Hoy, cada Navidad, cuando todos mis familiares corren a
abrir los hermosos regalos comprados en la múltiple
oferta de posibilidades que dan los shoppings, extraño
aquellos pequeños paquetitos de caramelos, aquellas
palabras escritas con faltas de ortografía y llenas
de amor por mi viejo, y sobre todo recuerdo la enseñanza
que recibí de la abuela, la que hoy soy incapaz de
transmitir a mis hijos, porque Santa Claus sí estuvo
aquella noche en casa, y nunca más volvió.
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