Te
veo a las cinco en el “no lugar”
Por Luis Buero
Mi
prima Adela tiene una mansión hermosa y yo vivo sólo
en un “tres ambientes”, pero para charlar nos
reunimos siempre en una confitería. La excusa de
ella es que sus hijas entran y salen y la distraen, la mía
es el desorden, pero por alguna razón no tomamos
el té en el living. Si un pariente del interior quiere
visitarme por unos días le sugiero que se aloje en
un hotel, porque yo no le puedo brindar baño privado,
y si un amigo me cuenta por teléfono que se está
por divorciar le digo: “nos vemos en el andén
del subte”.
Cuando yo era chico, la casa era el refugio de un concepto
de familia que excedía los lazos sanguíneos,
e incorporaba otros afectos, amistades, vecindades, correligionarios.
Las puertas de calle estaban abiertas al mundo, o cerradas
con una llavecita de escritorio. Mis abuelos recordaban
sainetes famosos en los que los inmigrantes se conocían
tomando mate en el patio del mismo conventillo, mientras
que mis viejos se emocionaban con Los Campanelli, aquella
comedia televisiva de los años 60 y 70, en la cual
todos los personajes que ingresaran a la historia, así
fuera por una pequeña escena, se quedaban a almorzar
los tallarines que hacía la “mamma”,
mientras que en las radios sonaba Luis Aguilé cantando
“por eso y muchas cosas más, ven a mi casa
esta Navidad”.
Pero llegó la post-modernidad, la población
aumentó, los barrios se llenaron de pequeños
monoambientes habitados por seres anónimos y silenciosos
que ni se saludan al chocarse cada mañana en el palier,
creció el delito, la ciudad se plagó de rejas,
exclusión y cirujas, y paradójicamente el
paradigma del éxito individual se volvió inesquivable,
una fantasía de trascendencia que se logra solamente
afuera, nunca perdiendo el tiempo adentro.
El filósofo Marc Augé define el hogar como
un lugar simbólico en donde se pueden comprender
la identidad, los vínculos permanentes y la historia
de sus habitantes, y bautiza como no-lugares a los sitios
donde esta lectura no es posible. Estos “no lugares”
de encuentro son espacios de circulación: autopistas,
bares en las gasolineras, aeropuertos, shoppings, estadios,
recitales, super e hypermercados, cadenas hoteleras, el
“club house” del country. y por supuesto, los
servidores de internet a través de los cuales se
entablan relaciones virtuales mediante el chateo.
El olor del bizcochuelo recién horneado acompañando
una confesión íntima de dos humanos rodeados
de malvones y cortinas floreadas, dejó paso a las
miradas ansiosas que extraños solitarios proyectan
sobre las puertas de los cafés o en las pantallas
de las computadoras, como esperando a alguien que venga
a responderles las tres preguntas que nunca podemos evitar:
“¿quién soy? ¿a qué vengo?
¿adónde voy?”.
Tal vez por eso triunfó “Gran Hermano”,
porque mostraba cómo un grupo de desconocidos intentaba
construir un hogar. Algunos no pudieron. y el que logró
quedarse, ganó.
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