¿Esposas
Perfectas? ¡Ciencia Ficción!
Por
Luis Buero
Una película que nos proponga seres ideales solo
puede ser una comedia o un thriller de ciencia ficción.
Entre estos dos géneros se debate el último
film de Frank Oz, con la actuación de Nicole Kidman.
En él, la protagonista llega a un pueblo, Stepford,
donde todo es armónico y reina la paz, justamente,
porque las esposas obedecen y cumplen todos los mandatos
de sus maridos, es decir, aquel rol que la sociedad machista
les ha asignado. Y todo marcha sin sobresaltos, hasta que
nuestra heroína descubre que se trata de réplicas
robóticas con las que los hombres del lugar han reemplazado
a las mujeres reales.
Algunos
críticos han dicho que esta obra, como tantas otras
de su estilo, nos ofrece el eterno mensaje de que la perfección
no garantiza la felicidad. Pero, ¿de qué perfección
están hablando?
Justamente
la historia define como geniales a esposas que son las síntesis
fenomenológicas de todos los deseos masculinos.
Sin
embargo lo más importante de esta metáfora
no está en su argumento, sino en la forma en la que
éste resuene en los espectadores. Y hasta es posible
que revele que el autor es el portavoz de muchos varones
que por un instante pudimos sonreír lacónicamente
ante la presentación de un sueño de semejante
textura ideológica.
Y
hablando de cuentos, pareciera por demás evidente
que desde que Eva nos hizo morder la manzana, vivimos un
pánico insoportable, que no se cancela, ante la inminencia
o la sombra del deseo femenino.
Tal
vez, digo, la génesis de la opresión a la
que siempre fue sometida la mujer radique justamente en
la horrible inseguridad que nos provoca su imagen impredecible,
su mirada interrogante, su inquietud insospechada. La vemos
como a una fuerza de la naturaleza que debe ser acotada,
dominada, amordazada, para asegurarnos, entre tantas cosas,
de que permanecerá a nuestro lado, y que sólo
tendrá ojos para nosotros. Para eso inventamos la
cultura.
Pero
a los hombres de Stepford parece que congelarles la evolución
a las mujeres nos les bastaba, tal vez porque presintieron
que ellas también tienen mundo interno, y que sin
moverse de casa, igual pueden dejar de querernos. Es allí
dónde la creación de una sustituta mecánica
genera la ilusión de garantía, la cristalización
de ese pacto de amor único y perenne que un día
imaginamos que otra mujer nos firmaba, mientras nos amamantaba,
y de la cual lisa y llanamente dependían nuestras
vidas.
Tal
vez Mujeres Perfectas no sea más que la denuncia
encubierta de la incapacidad de los varones para aceptar
la pérdida de las fantasías sobre las que
fundamos nuestra existencia.
0
sea, la pretensión infantil de querer seguir creando
un paraíso imaginario, con manzanas de juguete y
esposas mecánicas tranquilizadoras, para no ver que
las otras, las verdaderas, como Thelma y Louise, hace rato
que partieron a buscarse a sí mismas, a un lugar
que pareciera estar muy lejos de nosotros mismos.
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