ARJONA
TIENE RAZÓN
Por
Luis Buero
Somos
muchos los que preferimos una de 40 en lugar de cien de
20.
No,
no son monedas extranjeras ni quilates de oro. Son mujeres;
porque la experiencia enseña que esa super mina de
las cuatro décadas, como diría Arjona, está
en la flor de la vida, mientras que las más jóvenes
ni siquiera han germinado.
Las menores de 30 mentalmente no abandonaron la secundaria.
Y no por tontera, sino porque no quieren. Las corderitas
son complicadas, vuelteras, inestables, egocéntricas.
Las
de 20 a 35 todavía esperan que el destino les provea
su príncipe azul, pero mientras llega salen con marqueses
y condes de todos los colores. No buscan compromisos porque
están confundidas y siempre necesitan tiempo, mucho
tiempo, tiempo para todo.
Cuando
se relacionan con un hombre por más de 72 horas seguidas
buscan probar. Sí. Intentan probar su templanza,
su dinero, su sexualidad, su paciencia, su capacidad simbólica,
y alguna otra cosa que él tenga y que pueda sorprenderlas.
Una vez que saciaron su curiosidad, le contaron hasta la
última de sus fantasías y estrambóticos
proyectos y desenredaron la madeja de ridiculeces que alimenta
su mente, lo abandonan como cáscara vacía
de banana y parten hacia la próxima víctima.
Las de veintipico viven en eterna crisis (de identidad,
vocacional, de sentimientos). Algunas declaran que no quieren
tener novio porque primero deben triunfar en la vida; esas
son las que coleccionan “amigos con derecho a roce”
o amigovios “hot only”, pero tarde o temprano
hallan un mártir que igual se enamora de ellas y
soporta estoicamente sus idas y venidas, sus locas histeriqueadas,
su infructuosa demanda de lo que no existe, mientras la
chica canta Nada Es Para Siempre a dúo con la voz
de Fabiana Cantilo que surge de un c.d.-
Pero
Dios aprieta pero no ahorca. Cuando el varón está
por darse el disparo en la frente ante la mirada atónica
de la pendex que sólo atina a gritarle: “¡
no me salpiques con sangre el jean que es un Versace!”,
aparecen ella, la mujer de las cuatro décadas.
Potente,
magnífica, hermosa, inteligente, insuperablemente
irresistible, aunque le duela el juanete, porque su espíritu,
aún vapuleado por arduos dolores sin medida, la mantiene
erguida y avasallante. Se la distingue por la mirada que
sabe, que recuerda, que guarda secretos eternos, la mirada
que entiende, que tranquiliza, que también desafía
pero desde el afecto, el juego, la contención, el
consuelo.
Cuando
ama se entrega con plenitud y eleva al hombre a la cima
de la montaña más alta sin reservas, sin especulaciones,
sin mezquindades, con toda el alma a la intemperie. Al varón
le da su adoración sin ser sumisa, lo respeta por
lo que es sin idolatrarlo, le acepta sus pánicos
besándole con esmero cada una de sus masculinas cicatrices,
esas que nunca cierran del todo. En síntesis, muchachos,
tenemos un solo corazón, mejor dárselo a quien
seguro sabrá cuidarlo. ¿No les parece?
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