LA "ENFERMEDAD" DE PENÉLOPE

Por Luis Buero

Para algunas mujeres existe una sola versión del amor, el imposible.
Gritan a los cuatro vientos que solo las "entibian" esos tipos "abandónicos" que en cuanto las conocen las conquistan, pero luego las llaman poco o nada, o les dejan mensajes inesperados en el contestador telefónico cuando ya ellas piensan que todo se cortó, o las citan a lugares y luego les avisan que no pueden ir. Y estas mismas minas aseguran que, por el contrario, el varón previsible, siempre puntual y disponible, el que les lleva un té cuando les duele la panza, se vuelve aburrido y terminan adoptándolo como madre sustituta o peor, como marido.
Ellas eróticamente sólo se enganchan con aquello que no pueden tener,
porque portan el estigma que afirma que lo que cuesta conseguir vale más.
Entonces aquel que las deja prendida al teléfono que no suena durante
semanas les hace subir la tensión, la fantasía que mueve todo su aparato
psíquico. En síntesis, el tipo que sirve el amor en cuenta gotas se
convierte en el más deseado.
Yo sospecho que estas mujeres sufren de lo que bautizaría como la
"enfermedad" de Penélope, aludiendo al goce secreto que tal vez le produjo
a esa solitaria mujer la permanente e infructuosa espera de su amado héroe Ulises.
En la 0disea, Homero nos relata que Ulises parte hacia la guerra de Troya,
dejando en Itaca a su joven esposa Penélope y a su hijo Telémaco, y antes de salir, en su saludo de despedida le dice: "Cuando veas que mi hijo ya tiene barba, cásate con quien quieras y abandona tu casa".
El tiempo pasa, el texto narra por un lado que el hogar de Penélope se ve
asediado por 108 pretendientes, que ella ni quiere ver, y por otro lado
que Ulises inicia una travesía en la que enfrentará con muchos peligros
(el ciclope Polifemo, Circe, las sirenas, las vacas de Helios, la ninfa
Calipso, etc.) revelándose la dimensión del placer de este hombre dentro
de esa realidad, porque si tardó tanto tiempo en volver es porque no estar
con Penélope es lo que anhelaba más profundamente.
Y ella, Penélope, perdida en un callejón histérico, oscuro y sin salida,
va tejiendo la satisfacción inconsciente que siente por lo no realizado.
En síntesis, la llama de su vida es el amor que siempre se queda en el
umbral encarnado en el varón idealizado que está por venir pero no llega,
y en los otros hombres que rechaza.
Compañeras de Penélope en dar lo que no tienen a alguien que no vendrá,
es el camino permanente de muchas damas que no pueden entender que la
pasión puede existir en la cotidianeidad, en el amor que se cumple,
consuma y florece.
Hasta que llega un día en que esas chicas evolucionan, crecen y empiezan a buscar una pareja en serio, para encontrar el complemento posible que les permita formar un vínculo estable, su media naranja. Y ese caminar por la vida trae aparejado el deseo de ser finalmente encontrado también por el otro, y de guardar las agujas de tejer hasta que nazca un crío.


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