IMPERDONABLE
INDIFERENCIA
Por Luis Buero
Mis
amigas me cuentan que cada dos por tres les pasa lo mismo.
Mi psicóloga me da ejemplos parecidos que le transmiten
sus desconcertados pacientes. A mí también
me ha ocurrido.
Lo cierto es que salís con alguien tres o cuatro
veces, todo parece perfecto, abundan expresiones de afecto
y elogio y de golpe la otra persona dice " te llamo"
y no llama más.
Y es inútil mandarle e-mails o tratar de ubicarla;
uno sabe que está perfectamente bien sólo
que se ha querido borrar de nuestras vidas sin dar explicaciones.
Lo mismo sucede con compañeros de estudio, integrantes
de grupos de terapia, novios, amantes desde hace seis meses
o tres años, que de golpe, como en el chiste, salen
a comprar cigarrillos y no vuelven más.
Entonces el que se queda plantado con la flor en una mano
y el silencio en la otra comienza dramáticamente
a preguntarse, sea hombre o mujer: ¿me apresuré
a tener sexo? ¿hice mal en criticarle esa actitud
de la madre? ¿el problema será mi edad, mi
pelo, este grano, que soy de Racing, que tengo un gato?
Y así corremos a nuestros respectivos terapeutas,
que ante nuestra angustia recurrente tratan de ponerle conceptos
a lo innombrable, porque: ¿cómo podemos saber
qué cuernos le pasó al candidato o a la amante
fugitiva si no nos ha dado la razón de su huida sin
retorno?
¿Por qué desaparecen sin cerrar la puerta,
dejando ese interrogante que lucha por ser afirmación
en el viejo axioma que asegura que no comunicar es imposible?.
En síntesis, el famoso "a buen entendedor pocas
palabras bastan", que encierra esa reticencia port-moderna
a dar la cara para confesar lo que nos pasa y lo que debemos
hacerle saber a los demás. Desconozco cuáles
son las motivaciones psicológicas de este comportamiento,
pero de lo que estoy seguro es de que actúan así
porque provocar desilusión, incertidumbre, pena y
sensación de abandono, en los demás, no está
penado por la ley.
Se me ocurre una idea absurda y es que ante la actitud nada
educada de estos "abandónicos de la explicación
atenta", podríamos iniciarles una demanda por
insanía, tratando de probar que les falta un fósforo
en la caja.
0bviamente que perderíamos el juicio porque en nuestro
país para que te declaren loco tenés que creerte
Napoleón y andar por la calle con un birrete gritando
"¡Viva Francia!".
Pero, ¿qué diría el presidente de esa
empresa americana de teléfonos celulares si supiera
que a su prometedora empleada de "back office"
le están tratando de probar jurídicamente
que está chapita?¿Y qué pensaría
el dueño del gimnasio si se entera que a su musculoso
y seductor profesor de aeróbics lo están sometiendo
a pericias psiquiátricas por órden de un juez?
Pero la verdad, pensándolo bien, no vale la pena
el esfuerzo. Mejor dejarlos que se encuentren con algún
semejante como castigo, y así aprendan que la palabra
es lo primero y lo último que nos diferencia de los
animales. Con perdón de los animales.
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